Riviera Maya: el mejor hotel 5*

El TRS Yucatán Hotel 5* superior  es el hotel más bonito y lujoso que he visto hasta ahora, con mucha diferencia respecto a otros 5*. Esto prometía y mucho. 

Llegamos a una especie de paraíso perfecto en medio de la densidad de la selva y en la oscuridad de la noche. El cabreo desapareció automáticamente. Bajamos del autobús y descargamos las maletas en el porche exterior, al más puro estilo caribeño. Se oía el sonido del agua muy cerca y aquí sentíamos la brisa cálida entre las palmeras. En medio de esa oscuridad brillaba el lobby de nuestro lujoso hotel: una combinación perfecta de madera, cristal, vegetación, mármol, agua... aquello era un verdadero paraíso que nunca podría terminar de explicar por aquí.

Entrada al hotel TRS Yucatán 5*
El lobby estaba completamente acristalado para conservar el aire acondicionado y con el calor que hacía, ni te imaginas lo que se agradece. Lo mejor era el olor suave y muy agradable. Es un detalle en el que yo siempre me fijo y que allí se cuidaba al máximo.

Nos dieron la bienvenida al hotel con una copa de champán mientras hacíamos el check-in. Rocío y yo, que nos conocimos en Madrid, nos descubrimos entre nosotras y decidimos compartir habitación. Fue un gran acierto porque nada en este viaje hubiera sido igual.


Mientras Rocío iba a por la llave de la habitación, el personal del hotel nos llevó las maletas a la suite y yo puse a cargar mi móvil en un enchufe que encontré, para avisar a mi madre de que ya estábamos allí. Me dediqué a hacer fotos y terminé mi copa de champán. 

Una vez terminado el check-in, salimos al lateral del lobby a esperar a un carrito que nos acercase a nuestra suite. Aquello era enorme y siendo nuestra primera vez en el TRS Yucatán, ni con ayuda de un mapa creo que hubiésemos logrado encontrar nuestra suite. 

El hotel se encuentra en medio de la selva, al lado del mar. Estaba completamente integrado en ese entorno: lleno de senderos entre los manglares y selva por donde podía salirte un lagarto gigante de cualquier parte, literal. El hotel está formado por bloques de 2 o 3 plantas donde se encuentran las diferentes suites. Están rodeados de jardines de césped y palmeras, y todos cuentan con un patio interior con una fuente (y más palmeras!).

El carrito nos dejó en la entrada de uno de esos bloques, y cada bloque cuenta con un 'mayordomo' que teníamos a nuestra disposición durante el día. El mayordomo (que era un chaval joven muy majo), nos acompañó a nuestra suite, donde ya nos esperaban nuestras maletas.




Este hotel no dejaba de sorprendernos: ¿la llave de la suite? no era una llave, no era una tarjeta... ¡era nuestra pulserita! con solo acercar la mano al sensor la puerta se abría sola. No había que insertar la tarjeta para encender la luz de la habitación. Solo con entrar a la suite todo comenzaba a brillar a nuestro paso ¡y nosotras estábamos FLIPANDO!. Esta suite era más grande que mi casa entera (60 m2). Me habría encantado ver nuestra reacción desde fuera.

El suelo era de mármol, la pared entera un espejo y no teníamos armario, sino una especie de vestidor muy moderno. Cada una tenía su propia cama doble, con enormes colchones blancos y muy cómodos. También teníamos una zona de estar con un sofá, una nevera y una terraza enorme CON JACUZZI!

Rocío y yo empezamos a reírnos y chillar de la emoción, dando vueltas sin sentido por la habitación, descubriendo cada detalle. Estuvimos alrededor de 15 minutos intentando asimilar que aquello no era un sueño, estaba siendo nuestra realidad en aquel momento. Entonces alguien interrumpió nuestro estado de emoción. 

Compartiendo fotos del hotel en Instagram
El sr. mayordomo llamó a la puerta. Venía a explicarnos el funcionamiento de nuestra habitación ¿? What?. Lo primero que nos explicó fue un menú de 'aromaterapia' que teníamos justo en la entrada, al lado de la puerta y no nos dimos ni cuenta. Podíamos escoger cómo nos gustaría que oliese nuestra habitación durante nuestra estancia. Difícil elección, aunque finalmente nos decantamos por el olor a "Ibiza".

Después nos mostró "el baño", aunque no era un baño como tal. Los lavabos estaban en la misma habitación y eran una especie de cubos blancos muy modernos, donde daban ganas de meter la cabeza para comprobar si cabía (no preguntes por qué, pero finalmente lo hice). La ducha era una especie de cabina cuadrada con espejos ahumados y tenía un efecto lluvia. El váter estaba en otra cabina independiente, también con sus espejos oscuros y además tenía un telefonillo para pedir ayuda, por si necesitas algo mientras estás haciendo tus necesidades. En nuestro caso llamamos al servicio 24 horas desde el telefonillo del váter para pedir langosta (anécdotas que luego detallaré). Los amenities, como todo en este hotel, olían fenomenal y eran de marca L'Occitane. Champú, gel, leche hidratante, suavizante para el pelo...


Como iba diciendo, no teníamos armario, sino una especie de perchero moderno e iluminado estratégicamente con luces leds, creando un efecto súper chulo. Los cajones eran de cristal y también teníamos carta de almohadas y una plancha de vapor que dejaba la ropa impecable en menos de un minuto. La caja fuerte, dentro tenía enchufes por si quisiéramos cargar nuestros aparatos mientras los mantenemos a salvo. No es algo que vayamos a usar, pero un detalle que ahí está. 

Continuamos el recorrido de la habitación con la explicación ofrecida por nuestro mayordomo: teníamos mil posibilidades de iluminación en nuestra suite: luces del techo, luces led del techo, luces para leer en la cama, luces led que iluminan el contorno del pantallón TV, luces led del armario, luces de la terraza, luces del baño, luces led de la ducha futurista... ¿imaginas qué odisea encender la luz a media noche para ir al baño? pues otra anécdota: cuando nos daba la necesidad de hacer pis, enchufábamos cualquier cosa: aquella noche nos apañamos con los leds de decoración de la TV para llegar al váter sin darnos con la pata de la cama en el meñique. 

Hablando de la TV y sus leds, teníamos una pantalla plana de 55", con carta de películas y series, además de la carta de todos los restaurantes del hotel, por si queríamos pedir nuestra cena en la habitación, un servicio que también teníamos incluido.

En nuestro régimen 'todo incluido' teníamos una selección de bebidas destiladas de primeras marcas y refrescos a nuestra libre disposición y cervezas bien frías en la nevera. Solo teníamos que solicitar hielo a nuestro mayordomo para completar nuestra cubitera. En la zona de estar también teníamos una bolsita con cena fría que nos dejaron preparada para cenar allí.

Y finalmente, la joya de nuestra habitación fue ¡la terraza con jacuzzi!. Nos explicó cómo ponerlo en marcha y todas las intensidades del burbujeo, aunque a mi lo que me hizo gracia fue que también teníamos una mosquitera corredera en la terraza.

El mayordomo se fue y nosotras nos quedamos un poco perdidas... ¿y ahora qué?. Repasando todo lo que nos explicó el chico, decidimos pedir cena en la habitación a través de la tele (para estrenarla) mientras nos comíamos la cena fría que nos dejaron preparada. Esa cena era una botella de champán, una ensalada de pasta, algo de fruta, una bandejita de macarons y unos bombones de chocolate, marca TRS. El menú de la TV para pedir cena a la habitación era muy intuitivo. 

Decidimos pedir una pizza del restaurante italiano, un poco de sushi del restaurante japonés y langosta del restaurante del mar: un popurrí de todo. Ojo porque ¡todo está incluido!. Al hacer el pedido nos llamaron por teléfono a la habitación para confirmarlo y yo, con toda esta tecnología tan moderna, colgué la llamada sin querer. La llamada se volvió a repetir, pero esta vez solo sonó el teléfono del váter y desde allí tuve que confirmar el pedido del sushi y la langosta en la habitación.


Mientras tanto nos duchamos para estrenar la ducha futurista y después cenamos en la habitación con nuestros albornoces; como unas señoras. Al día siguiente nos tocaba día de trabajo: workshops y visita de las instalaciones del TRS y demás hoteles de la marca que desde aquí me declaro fan: Palladium.